La medalla

Estaba a punto de cerrar la farmacia y, como siempre, al final de cada jornada, procuraba dejar todo en su sitio para que, al día siguiente, al regresar, tanto ella como el resto del personal, lo encontraran todo donde debía estar. Era una perfeccionista y, además, aquella farmacia lo merecía. Tenía más de un siglo y medio de antigüedad y entrar en ella era como transportarse en el tiempo a una vieja botica del siglo XIX, con sus bellos y elegantes botes de cerámica y cristal soplado. Las alacenas de madera los albergaban como un auténtico tesoro, exponiéndolos a la vista del recién llegado que, en su primera visita, olvidaba, inevitablemente, qué era lo que había ido a comprar, abrumado ante semejante salto en el tiempo.

Cuando comprobó por tercera vez que todo era correcto, caminó hacia la puerta con pasos largos y, de pronto, acelerados. Siempre le pasaba igual, cuando acababa la jornada laboral, justo al terminar y jamás antes, le venían a la cabeza todas las obligaciones domésticas que había dejado pendientes. Lavadoras, cenas y todas esas cosas que, con un poco de suerte, Arturo ya habría empezado a hacer si es que en esta ocasión había llegado antes.

Entonces lo escuchó. El sonido fue nítido. Acaba de oír con total claridad el aullido de un lobo dentro de la farmacia. Miro su móvil, como esperando que el grito desesperado del animal hubiera salido de allí. Pero la pantalla seguía apagada.

-Habrá sido mi imaginación- dijo en voz alta y pensó, a la vez, que tenía que marcharse a casa, pero sus piernas no respondieron. No era capaz de moverse. No había sido una fantasía, sabía lo que había escuchado. Había oído un…

“Auuuuuhhhh”…

El aullido resonó aún con más fuerza, casi con eco y retumbó en toda la estancia.

Todos los músculos de su cuerpo le estaban gritando a voces que saliera de allí, que llamara a la policía y que cerrara la puerta del establecimiento. Pero era su farmacia. Su farmacia… la misma que había regentado su madre y antes que ella su abuelo. No podía dejarla sola, hubiera o no hubiera lobo allí.

Giró sobre sus talones y avanzó sin encender las luces. La iluminación de las tiendas exteriores era suficiente para ver que allí no había nada. Recorrió entre penumbras todo el establecimiento, no una, sino tres veces. Nada. Y se quedó allí plantada en medio de la estancia interior de la farmacia como esperando una respuesta. Nada. Ni un ruido.

-Pues parece que finalmente sí ha sido mi imaginación, creo que he tomado demasiado cafés hoy… mañana los reduzco a dos, como mucho debo estar muy alterada.

De nuevo, se dio la vuelta para marcharse y lo vio. Justo delante de sus ojos. Un enorme bote de cerámica de color crema brillaba de una manera singular. Era extraño, en lugar de tener pintadas las inscripciones de “Cremor tártaro”, “Esperma de ballena”, “Bálsamo”, “Manzanilla” o “Alcanfor”, había un bello lobo pintado que jamás había visto antes.

Se subió a un taburete para poder alcanzar el bote sin tirar ninguno.

Por alguna extraña razón estaba temblando.

Estaba claro que hacía años que nadie había tocado aquel bote que acumulaba polvo. No podía ser, por tanto, de los suyos, ya que estaban impolutos, aunque tampoco tenía ningún sentido que estuviera entonces en su farmacia. Le costó un poco quitar la tapa que estaba algo pegada, probablemente del paso del tiempo, pero acabó cediendo.

En el interior no había nada. O eso le pareció a primera vista. Al fondo, enrollada sobre si misma había una pequeña cadenita dorada con una medalla en la que se podía ver un lobo aullando. En el reverso, una única inscripción en latín: “Lupus es”.

Eres un lobo, tradujo mentalmente.

¿Cuál sería la historia de aquella medalla? ¿Quién la habría dejado allí? ¿Quién habría guardado aquel bote en la farmacia? ¿Su madre? ¿Su abuelo? Y… ¿por qué motivo no lo había visto antes?

Mientras se hacía todas esas preguntas, sonó el teléfono. Eran los niños.

-¿Mamá, pero dónde estás? Papá no ha llegado y tenemos hambre. Y Sara cocina fatal… ven ya, por favor.

-Ya voy, ya voy, contestó rápido y sin pensarlo dos veces, ni recordar los aullidos que la habían retenido allí, cerró la farmacia y se encaminó a su casa.

En su mano, encerrada en el interior de su puño cerrado, llevaba la pequeña cadena dorada, convencida de que escondía algún secreto.

Esa noche, cuando ya habían cenado y estaban recogiendo, con los niños ya acostados, le contó a su marido lo ocurrido y le enseñó la medalla.

-Pues es muy bonita, parece de oro. ¿Qué vas a hacer con ella?, le preguntó.

-Yo creo que tenía que ser de mi abuelo o de algún antepasado, parece bastante antigua. Me la voy a quedar, contestó. ¿Me ayudas a ponérmela? Me dará fuerzas y recordará que no siempre debo ser tan buena.

-Eso te digo yo siempre y no me haces ni caso, le dijo él mientras se la ponía.

-Por eso, así lo tengo presente.

Ambos sonrieron, con la seguridad de que seguiría haciendo favores a todo el que se lo pidiera. Así era ella. Demasiado buena.

No habían pasado ni tres horas cuando un ruido tremendo, como si se hubiera caído un armario, estalló en la casa y les despertó de golpe. Eran las tres de la mañana.

-¿Qué ha sido eso?, preguntó Arturo.

-No lo sé… los niños, ay dios mío, los niños…

En pijama, con los ojos llenos de legañas, y descalzos, bajaron las escaleras del tercer piso, de dos en dos para ir al cuarto de los niños.

Allí estaban, despiertos, asustados, pero sin que nadie les hubiera hecho nada.

-Entraron dos hombres, iban tapados, nos dijeron que nos iban a llevar con ellos, pero algo se los llevó de repente. Los arrastró y tiró el armario de la fuerza con que tiraba de ellos.

-¿Cómo algo? ¿Qué dos hombres? ¿Pero qué decís?

Entonces lo escucharon los cuatro. El aullido de un lobo, desde el salón… fuerte, claro e intenso.

Abajo, con las ropas desgarradas, vapuleados y signos claros de haber sido arrastrados por las escaleras, estaban los dos hombres.

-¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen en nuestra casa?, grito Arturo con los ojos como platos.

Ella ya estaba llamando a la Policía.

Lo diremos todo. Pero sáquennos de aquí. Entramos a secuestrar a sus hijos para pedir un rescate, que todo el mundo dice en el pueblo que tienen dinero y son unos buenazos, pero… ¿qué tipo de locos tienen un lobo en casa de mascota?… ¡Un lobo! Están locos…

-Pero, ¿qué coño dicen? ¿Qué lobo? Aquí no hay ningún lobo.

-Le aseguro señora que lo que nos ha arrastrado escaleras abajo con una fuerza demoniaca… era un lobo. Un lobo enorme y gris.

Ella acarició instintivamente la medalla. “Lupus es”.

Su familia estaba a salvo. Ella estaba bien.

-Están ustedes borrachos. ¿Un lobo? Ya le contaran esa milonga a la policía, cortó rápido.

Nunca más volvió a escuchar el aullido.

Nunca supo quién la había puesto en su camino y había salvado la vida de los suyos.

Nunca más nadie volvió a intentar entrar en su casa..

Nunca se separó de aquella extraña medalla.

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