Don Rosmen Quevedo Cabrera y la AC. Milan

A menudo se ha considerado a Arrigo Sacchi como uno de los teóricos y estrategas más importante del fútbol europeo del siglo XX y la AC. Milan, a la que dirigió entre 1987 y 1991, uno de los mejores equipo que haya jugado al fútbol. Se suele señalar como hechos característicos, que desterró de sus equipos la figura clásica del líbero defensivo, habitual hasta ese momento y que fue defensor a ultranza del fútbol total neerlandés propuesto por Rinus Michels.

Pero lo que que seguramente no sabe Arrigo Sacchi es que a aquel fútbol atlético de los “rossoneros” milanistas, aquel cuyo estilo arrollador era capaz de golear a cualquier equipo que osara discutirle su soberanía, le hubiera venido de perlas un jovencito nacido en Lanzarote y que todavía no había cumplido diez años. Porque ese niño, con el paso de unos pocos años, iba a ser capaz de correr o saltar en una pista de atletismo un viernes y de jugar el domingo un partido de fútbol de la División de Honor Juvenil.

Tampoco sabía Arrigo Sacchi que ese niño iba a ser el jugador ejemplo para cualquiera que quisiera practicar fútbol, aficionado o profesional, modesto o encumbrado. Su trayectoria deportiva hasta ya cumplidos los cuarenta, su comportamiento con compañeros, rivales, árbitros, directivos y aficionados, su conducta y compromiso familiar y social, han sido y son para mi motivo más que suficiente para poder glosar en estas líneas a don Rosmen Rayco Quevedo Guerra.

Su padre, con quien tuve la fortuna de jugar y compartir vestuario y su hermano, al que también tuve la satisfacción de entrenar, podrán esbozar una sonrisa si les cuento que Rosmen, una noche de invierno, me dejó sin gafas después de una formidable volea; o que en otra sesión de trabajo, jugando un partido de entrenamiento, al anotar el tercer gol consecutivo, provocó que el entrenador del primer equipo suspendiera el entrenamiento para evitar el chorreo manifiesto.

Se ha dicho que una vez terminada la etapa de futbolista en activo, va a seguir ligado a labores de representación institucional de la UD. Lanzarote. No obstante a la Escuela Canaria de Entrenadores le gustaría que pudiese compaginar esa labor con la de su formación como técnico, en la confianza que su alabada ética y moralidad serían magníficos reclamos para nuestras futuras generaciones.

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