Cuando coincidí con la Guardia Civil en un prostíbulo

Corría el puente de diciembre de 2010. En aquella época solía viajar en vacaciones con el que era mi mejor amigo. Él tendría unos diecinueve o veinte años; yo apenas contaba con quince primaveras. No teníamos un duro, pero nos las ingeniábamos para pasarlo en grande. En esa ocasión, habíamos decidido pasar unos días en el pueblo de mis abuelos, Arenas de San Pedro, un municipio con encanto situado al sur de Ávila. Pillamos un avión a la salida del instituto y nos presentamos allí. Fueron únicamente tres o cuatro días, pero uno de ellos nunca lo olvidaré. En concreto, una madrugada.

Una tarde-noche estábamos en el piso de mi extío político, con el que todavía mantengo una estrecha relación aun después de divorciarse de mi tía. Lo cierto es que no había mucho que hacer. Un pueblo de unos 6.000 habitantes y una temperatura que rondaría los cinco grados no es, que digamos, una combinación muy halagüeña. Las opciones de ocio eran escasas. No obstante, siempre contábamos con el penúltimo conejo de la chistera, deseoso de conocer el exterior.

Fue entonces cuando el que era mi tío tiró de inventiva. “Me han invitado a una fiesta esta noche”, mencionó sin dar más detalles. Yo, entusiasmado, le respondí ipso facto: “¿Quién? ¿dónde? ¿cuándo?”. “Tú no puedes venir, eres menor de edad”, rebajó mi euforia en un instante. A mí, el asunto no me olió nada bien desde el principio. Mi fecha de nacimiento nunca había supuesto un argumento en contra de mi asistencia, ¿por qué ahora sí? “No me voy a quedar en casa mientras vosotros os vais de fiesta, qué narices me estáis contando”, espeté cabreado. Al final, tras una ardua negociación, me salí con la mía. Iría al evento. Festejé interiormente como si me hubieran regalado un viaje en jet privado a Las Vegas. Mi colega, con el que me había desplazado desde Lanzarote, también celebró mi pequeña victoria.

Cenamos y empezamos a maquearnos. Cuando quisimos salir de casa, las agujas marcaban entre las doce y la una de la mañana. Durante el trayecto en coche, como casi siempre, me quedé dormido. Al aparcar, me desperté. Estábamos en el parking de un local que no sólo parecía ser un prostíbulo, sino que además lo era. Uno no es experto en iluminación, pero hay luces que delatan. “¿Qué hacemos aquí?”, cuestioné ingenuamente a mis compañeros de aventura. “Vamos a tomar algo”, señaló mi tío, indicando que él entraría primero y que si no salía en tres minutos es que no había “nada raro” y que podíamos acceder nosotros al establecimiento. Pasaron los ciento ochenta segundos, sin novedades, y entramos.

Nada más cruzar la puerta, vino mi tío —extío o cómo se diga— a nuestro encuentro, alterado. “Está la Guardia Civil dentro, tú eres menor de edad y estás bajo mi responsabilidad”. En ese momento, lo que más me preocupaba era el chivato de hierba que tenía en el bolsillo. Entré en el baño y lo escondí en el lugar más recóndito de mi cuerpo. Después, regresamos los tres al coche. Tras unos minutos negociando el siguiente paso que debíamos dar, llegamos a una conclusión desafortunada: ellos volverían al club nocturno y yo me quedaría esperando dentro del vehículo. Ahí comenzó todo.

No tardé en volver a los brazos de Morfeo. Llevaría quince o veinte minutos dormido cuando alguien me abrió la puerta y me sacó bruscamente del coche. De los despertares más violentos que recuerdo. Efectivamente, era la Guardia Civil. Dos agentes, para ser exacto. Uno de ellos, el que llevaba las riendas, se parecía físicamente a Antonio Tejero y su superioridad acojonaba; el otro, mucho más joven, debía llevar poco tiempo en la Benemérita. Mientras el jefe me interrogaba, el novato escribía los datos en una libreta. “¿Qué haces aquí?”, me preguntaba una y otra vez. Mi contestación no debía complacerle. “¿Te piensas que me he caído de un árbol?”, apuntaba. Le faltó pedirme el grupo sanguíneo. En un par de minutos sabía más de mi vida que yo mismo. Me registró de arriba abajo. No encontró nada que me comprometiera, pero le faltó poco. Si la situación no pintaba bien, se puso peor cuando, sacando una llave del bolsillo, abrió una puerta metálica que daba acceso al interior del recinto. Un aparcamiento privado, de acceso restringido. Ahí se hallaba estacionado un 4×4 de la Guardia Civil. Se me multiplicaban las pulsaciones por segundo. Mi imaginación, en ese momento, me hubiera permitido escribir la última de Tarantino. Pero me temblaban las manos, y las piernas, y la vida. Sin embargo, en el cine siempre hay héroes y villanos. Y apareció mi héroe.

Mi tío salió del night club al grito de “¿Qué pasa aquí?”. Él, de unos cincuenta y tantos, era, lógicamente, más convincente que un chaval de quince. Los agentes pusieron patas arriba el coche. Tampoco descubrieron nada sospechoso. La situación se fue relajando hasta que tornó a amigable. “Dejad al niño tranquilo, coño, que os invito a una copa”, les propuso a los guardias. Accedieron. Los tres regresaron al interior del local a echar unos tragos. Yo, incrédulo por lo que acababa de vivir, esperé fumando un cigarrillo apoyado en el capó. Intenté buscar respuestas a lo que había pasado, pero surgían más y más interrogantes. Todos los caminos me conducían a la misma conclusión: de una forma u otra, en ese club nocturno había gato encerrado. Tampoco hice por saber más; quería cerrar ese capítulo lo antes posible. Esa noche del puente de diciembre hubo quien, desde luego, disfrutó más que yo. Pero eso ya es otro tema. No he vuelto a pisar un establecimiento de esas características. Más nunca

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