Tres alemanas, “El Kiko y La Mari”

La mañana de ese lunes fue idílica. Quizá algo calurosa pero agradable si tienes las suerte, como un servidor, de vivir en Lanzarote a escasos metros del mar. Me encontraba paseando por la piscina un carrito de bebé para intentar que la criatura que me acompañaba en mi caminar circular se quedara dormida. Los otros dos estaban saltando como locos y yo, desesperado por meterme con ellos en ese charco cristalino. Entonces, aburrido por la caminata improvisada, me fijé atentamente en las cinco personas que estaban en las hamacas descansando. Dos españoles y tres extranjeras.

Estaban sentados, separados, cada grupo en una punta. Por un lado una pareja escuchaba música en un altavoz cutre color rosa. En la esquina contraria del ring, el tridente germánico. Me pareció una estampa curiosa y entre vuelta y vuelta a la piscina, con aquella chiquilla de párpados caídos pero no sellados, me imaginaba qué interpretaría su cerebro al pasar por ambos lados.

Las alemanas hablaban de una manera sosegada. Su conversación era prácticamente inaudible. Una de ellas portaba un libro en sus manos y, en uno de mis giros, me di cuenta de que estaba leyendo algo a sus acompañantes. Las otras dos escuchaban y cuando acabó la primera, hicieron un breve comentario y se rieron las tres. Igual les estaba contando que el tipo del carro parecía un imbécil dando vueltas con aquel bebé pero no tuve esa impresión.

Las tres eran jóvenes, finas y con buen tipo -que no es lo mismo-. Sus biquinis eran neutros; creo que es una buena definición. Normales. Una, como comenté, leía, otra escuchaba música con auriculares -estos son unos aparatos que sirven para escuchar música sin molestar- y la tercera simplemente tomaba el sol. Tres también eran las botellas de agua que reposaban debajo de la tumbona. Se bañaron un rato después, se secaron, colocaron todo y se fueron a su apartamento.

Luego estaban “El Kiko y La Mari” -me lo invento, pero por ahí van los tiros-. Por el acento diría que eran del Levante. Él, más apretado que el pantalón de un torero exhibía su panza tatuada con un diminuto bañador grotesco. Ella creo que le superaba en tatuajes y en peso… quizá no. Dejémoslo en empate. Su atuendo piscinero era ridículo. Domingas al aire y el culo, también. Era casi violento pasar por allí porque parecía un botellón en el parking de una discoteca, con sus vasos de plástico, su musicote, su conversación elevada y su pitillo.

Cada vez que tornaba me cuestionaba eso. Cómo percibirá mi hija el mundo teniendo en 20 metros a cinco personas haciendo lo mismo pero de manera totalmente distinta. Lo cierto es que cada cual tiene su estilo y uno disfruta como puede o como sabe.

Yo miraba a Lucas y Guillermo en la piscina jugando y me imaginaba cómo serían de mayores; ¿más próximos a un extremo o al otro? Los dos demandaron encarecidamente mi presencia en el agua y con la niña dormida y bien aparcada me acerqué a ellos. Los veía rubios, simpáticos y pensé en la esquina alemana. Unos segundos más tarde, Lucas, a grito pelado, me dejó claro que su hermano le “había dado una patada en los huevos” y empecé a sudar. Para mayor escarnio apareció “El Kiko” y ¡¡pummm!! bomba que te crio con dedicatoria a “La Mari”. En ese momento bajé prudentemente las escaleras, me bañé y me volví al carro dejando atrás al de los huevos, al que le dio, al de la bomba y a La Mari y su puñetero altavoz fucsia.

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