Insomnio crónico

Se despertó en medio de la noche sobresaltada. Miró el despertador que tenía junto a la cama, las tres en punto. No sabía porqué motivo se despertaba cada noche, durante la última semana, a esa misma hora. Generalmente, iba al baño, bebía agua y se daba un paseo por la casa para relajarse antes de tratar de volver a coger al sueño, algo que, a veces conseguía con rapidez, y otras, no tanto.

Aquella noche estaba realmente sobresaltada. Creía recordar que había soñado con algo no demasiado agradable, pero no solía recordar los sueños. Se acercó hasta la ventana de la cocina y la abrió de par en par para tratar de recibir algo de brisa nocturna, escasa a esas alturas del verano.

Entonces lo vio. Apoyado en una farola situada justo frente a su ventana, había un hombre increíblemente alto y delgado, con la cara tapada con una máscara de Snoopy. Parecía estar mirando para ella, pero no podía asegurarlo ya que la distancia y la careta no le permitían saberlo con seguridad. Dio un respingo y, cerrando la ventana, se alejó de la cocina. Asustada. Volvió a la cama, pero ya no podía pensar en otra cosa que en aquella figura alargada e inquietante. Después de pasar más de diez minutos dando vueltas inquieta, volvió sobre sus pasos en dirección a la cocina, pero esta vez no abrió la ventana y trató de mirar sin ser vista. En la farola no había nadie. Se relajó. Se lo habría imaginado. Miró a un lado y otro de la calle, nadie. Se echó a reír. ¿Quién demonios va a ir con una careta infantil por la calle, y menos en plena noche? ¡Que locura! Tantas noches de insomnio le estaban jugando una mala pasada.

Volvió a su cuarto y decidió que abriría la ventana del dormitorio. Hacía demasiado calor y así no había quién durmiera. Eso hizo, abrió la ventana de par en par y el aire, algo caliente, en realidad, entró en el cuarto. Y junto a la brisa, también su imagen. Allí estaba, enfrente de su habitación, apoyado en una palmera del patio de su edificio, el mismo tipo extraño que había visto en la calle. No pudo reprimir un grito y cerró la ventana de golpe, entrando en la cama de un salto y tapándose con las sábanas la cabeza. Un instinto de supervivencia, cuya valía nunca había sido probada. A esas alturas, ya tenía claro que no iba a pegar ojo en toda la noche. Estaba aterrada y el miedo no es buena compañía cuando se está sola y no se puede dormir. Sentía que el corazón se le iba a salir del pecho y eran tan fuertes los latidos que le daba la impresión de que podrían escucharlos los vecinos. Miró el reloj, marcaba las cuatro en punto. Sólo había pasado una hora.

Insomnio crónico

¿Cómo era posible? Sabía que no era lo más apropiado, pero se decidió a llamar a su novio que llevaba un tiempo viviendo en otra ciudad por trabajo. Cogió el móvil e hizo una videollamada, necesitaba verle para tranquilizarse.


-Hola, ya sé que es muy tarde, perdona que te despierte, pero me ha pasado una cosa que no te vas a creer…

Soltó el teléfono de golpe. No podía creer lo estaba viendo. La imagen que le devolvía la pantalla de su móvil al mirarlo, no era la de su chico. Era aquel personaje siniestro que hasta hace un segundo estaba bajo su ventana.


No es posible, no es posible. No tiene ningún sentido, se repetía.

No tiene sentido.


-¿Crees que no lo tiene?

La voz salía de su propia habitación. Estaba allí, con ella. Podía distinguir su figura al fondo del cuarto. Mirándola.


-Yo soy lo que tú quieres que sea. Tú me has creado. Yo soy lo más oscuro que hay en tu cabeza.

Se despertó de golpe, la luz del sol le daba de lleno en la cara. Estaba sudando, las sábanas estaban revueltas y junto a ella, desbaratado, estaba el libro con las tiras de Snoopy que había estado releyendo antes de dormir.
-No vuelvo a cenar pollo al curry por la noche, musitó.

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