Una estafa sutil

La gente está que arde. Se sienten defraudados y cuesta encontrar a alguien que pueda defender con la cabeza alta a un partido. Todo se ha convertido en un business panfletario que atenta contra la honestidad. La política ha sufrido una especie de transformación circense donde han desaparecido los gladiadores para mantenerse en pie las fieras irracionales. Se trata de un territorio hostil en el que puedes colocarte, sin ningún tipo de preparación -en muchos casos- para vivir del cuento. ¿Y por qué continúa girando el molino? Porque usted y yo tragamos, aplaudimos y nos quejamos pasivamente en el café del mediodía con el primero que pase.

Todo lo que rodea a esta esperpéntica feria, sin algodones de azúcar pero con trileros, es neblina en mitad de la noche. Las bases democráticas en las que se sustenta nuestro sistema electoral son engañosas, falsas y, evidentemente con estos ingredientes, es imposible alcanzar la excelencia.

Partimos de una criba, mal llamada “Ley D’Hondt”, que es una auténtica farsa. Un sistema que pretendía ser equitativo y justo pero que no lo es. El voto de un ciudadano de Cataluña no tiene el mismo peso que el de un asturiano. Y así podríamos enumerar todas las combinaciones nacionales posibles; que no es el caso.

Una vez que se reparten los sillones llega el segundo engaño -diría que este ataca directamente a la honorabilidad y a nuestra integridad- y no es otro que el de hacer lo que mejor te venga a ti en ese momento como partido, olvidando en el cajón lo promulgado. En ese punto el cabreo del votante puede ser mayúsculo pero el pescado ya está vendido. Sí; puedes penalizar al Partido de las Tortugas de Orejas Rojas a los cuatro años pero el Partido Pro Ranas Patilargas funcionará de manera similar.

Nos hemos acostumbrado a que esto sea una constante y más allá de una decepción personal aquí no ocurre nada. Por no hablar de la golosa manía que tienen los mandamases de nuestro país de meter la mano en la saca. Aquí de vez en cuando tenemos suerte y pillan a alguno.

Otro aspecto para acrecentar el cabreo popular, tan efervescente como inútil, es la falta de compromiso. De todos los puntos de un programa electoral, desarrollan los que quieren, algunas veces, y los que pueden o les dejan, en otras muchas ocasiones. Y con esto tampoco pasa gran cosa. El votante se pregunta internamente, oye yo le voté porque me aseguró que apostaría por el desarrollo y la conservación de los huevos de avestruz… el distante político, desde su posición privilegiada y detrás de un micro, te soltará con buenas palabras que eso de los huevos es un tema complejo a nivel burocrático. Sonrisa; y a otra cosa.

Por ello, votar sólo tiene un fin; ser cómplices de todo lo que he expuesto. Mientras sigamos acudiendo a las urnas sólo vamos a mantener el chiringuito que tienen montado unos pocos -y cada vez son más-.

¿Soluciones? Por la mitad de lo que gana un ministro las aporto en otro artículo.

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