El pequeño Nicolás

Hoy quería hablarles de Nicolás. Pero no el que sale en la tele en plan jeta sino de un Nicolás que es un renacuajo de verdad. Tiene siete años y comparte pupitre con uno de mis hijos. Hace poco, le organizamos precisamente un descafeinado cumpleaños a Guille (cumpliendo las normas vigentes en ese momento, que ya les veo venir) y me di cuenta rápidamente de que las cosas se desarrollaban de la misma manera que hace 4 años, con Nico a la cabeza del equipo. Parecerá un espacio muy corto de vida, menos de un lustro, pero en el caso de estos críos supone más de la mitad de su existencia. 

Nicolás dirigía el cotarro. Manejaba y distribuía las pistolas según consideraba y todos le seguían en sus fechorías. Jugaban a peleas, a saltar por los muros, a tirarse globos y competían en saltos mortales a la piscina -y cuando digo mortales utilizo la palabra adecuada-. Eso fue la semana pasada. En Preescolar, cuando el mayor de mis tres retoños comenzaba el colegio, la tutora nos comentó que Guillermo jugaba mucho con Nicolás y que era bueno que se sociabilizase con otros niños. Pero luego matizó que en realidad todos los niños querían jugar con Nicolás y que la mayoría, dicho con unas palabras técnicas, seguían sus pasos.

Y se preguntarán por qué les cuento todo esto que les trae sin cuidado. Porque quiero hablar de los dirigentes que gestionan nuestras vidas en España y también de aquellos que no lo hacen pero esperan su turno en la acera de enfrente.

El presidente del Gobierno ha demostrado de todo menos capacidad de mando. Créanme que no quiero hablar de política sino de liderazgo; porque cuando miro al otro lado del río veo a un Casado también flojo; o eso me parece a mí. Una persona que quiera dirigir un país -y aquellos que le acompañen- tiene que contar con formación y preparación. Para mí eso es innegociable. Luego, una dosis buena de sentido común es también fundamental. Arresto para tomar decisiones complejas y poseer capacidad de liderazgo.

Esta última facultad, como las anteriores, es vital pero además tiene la particularidad de que escasea y como es intangible, no se valora lo suficiente. No importa lo bueno que puedas ser en algo ni tus conocimientos. El liderazgo se demuestra con empatía y también con firmeza; con benevolencia y agresividad; con carisma y capacidad de persuasión… y es justo lo que no tenemos en la política española. 

Seguramente, Pablo Iglesias, dejando sus ideales a un lado, sea uno de los altos cargos con más capacidad de arrastre en nuestro país. Era un buen orador y un tipo con las ideas claras (otra cosa es su orientación en sí, que en eso no me meto). Ayuso también, colores fuera, es una tipa que por lo menos demuestra vigor en situaciones fastidiadas. Sin embargo, el insulso de Pedro Sánchez no cuenta con valentía, mucho menos con credibilidad. Bien haría en viajar a Lanzarote. Pero no para irse de vacaciones a la Casa del Rey sino para visitar al pequeño Nicolás, que vive en Tao, y le podría explicar cómo se hace eso de liderar. 

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